Hablamos de la Vida y la Paz, la Justicia y la Libertad como los principios y valores fundamentales que deben guiar las relaciones sociales, aquí y en el mundo para hacer posible que la dignidad del ser humano, individualmente considerado, sea su realidad existencial.
Pero no es así cuando la violencia, la guerra, el egoísmo y el afán de dominio nos invaden las neuronas con la ofuscación destructora del instinto del poder desmedido que impone la codicia. Por eso, antes o después de nuestra Era, la tragedia de la guerra o los sistemas de opresión nos siguen atormentando.
Qué verdad tan directa tiene esta frase: “El mundo está siendo asolado por un puñado de tiranos…” claro y directo el mensaje para cada circunstancia que vivimos en el siglo XXI que debe ser un tiempo de superación de los conflictos y de aceptación de que el universo social es amplio y diverso, más aún cuando la ciencia nos ofrece un conjunto de realizaciones positivas en la salud, las relaciones sociales y ahora mismo el espectacular logro de circunvalar a la Luna y demostrar que las galaxias son el horizonte del destino humano.
Sin embargo, al ubicamos en el aquí y ahora vemos el contraste de las limitaciones del subdesarrollo y, al paso de un minuto y un metro, la opulencia desmedida que acumula la tiranía para imponer sus designios. Tiranos y tiranuelos que destruyen la convivencia creativa de la cultura ética. En contraste a ello se considera que la política como ciencia del poder no solamente define sus procedimientos, sino que en esencia propone la finalidad superior de su ejercicio al servicio del Bien común lo que exige una transformación integral.
Se dice “El fin no justifica los medios” con ese sentido definitorio de que solamente los medios legítimos garantizan la construcción de un mundo más humano, así debe ser, pero ¿será posible con tanta secuela de la corrupción? (O)





