Hay un singular proverbio de la nación hebrea que dice: «Como Dios no podía estar en todas partes, entonces hizo a las madres». Aquello para expresar lo sublime e inmensamente importante que es la misión recibida del Creador: traer la vida, cuidarla, protegerla, organizar un hogar, ser madre y esposa, copartícipe de una responsabilidad suprema, figura decisiva en la historia de cada ser humano.
«No hay nada tan semejante a Dios como una buena y noble madre». El ser que mejor representa la entrega afectiva, el cuidado de su prole y los más altos sentimientos compasivos y reconfortantes en la vida es, sin duda alguna, la madre. Además su rol social la convierte en reproductora, no solo biológicamente, sino en todo orden: reproduce patrones sociales, educación, habilidades, virtudes y capacidades. De ahí que su influencia sea tan determinante en el nuevo ser y en las nuevas generaciones.
Winston Churchill, el gran estadista y primer ministro de Inglaterra, escribió: «Lo mejor que le podía suceder a un ser humano es tener una madre inteligente y sana». Su madre era afectuosa y cercana a él, pero a la vez exigente en cuanto al cumplimiento de sus obligaciones. Esto es de gran importancia porque, con frecuencia, confundimos cariño con sobreprotección.
Todas estas virtudes las hemos visto en gran medida en nuestra madre Teresita. Aún a sus 97 años, no tolera acciones que se aparten de los principios éticos, de las buenas costumbres, de la caridad fraterna, por lo que sus hijos no se molestan en recibir sus consejos o reprimendas, al ser para nuestro bien.
Tener una madre que camina al siglo de edad, con inteligencia y lucidez, pendiente cada día de sus 6 hijos, 20 nietos y 16 bisnietos, preocupada y solidaria con los más necesitados cercanos a ella, que ora todos los días. Es una gracia inmensa, un tesoro por el cual damos gracias a la vida y a nuestro Creador.
Gracias, Mamita Tere, por darnos la vida y entregarnos su amor. Porque cuidó nuestros sueños, modeló nuestros corazones, escuchó nuestras dudas y sus consejos nos hicieron mejores. Gracias, madre querida, por su amor. ¡Madre como usted, nadie jamás! (O)



