Es inexplicable tanta crueldad con la que actuó el ejército sobre el ciudadano después del golpe de estado de ellos en la Argentina de la década del 70 cuando, se supone que están para protegerlos no exterminarlos ni hacerlos sufrir.
El populismo dañino llegó con su más palmario guía, Juan D. Perón, que lapsos atrás ya merodeaba activamente en política. Sus ofrecimientos incumplibles, típico de ineptos, conquistaron a los más pobres y a la doctrina católica poderosa, uno de cuyos representantes, el reflexivo padre Mujica, dijo voz en cuello creer en ese sostén de necesitados, que le costó la vida al balearlo afuera de la iglesia. Tolerados civiles armados extremos empezaban su enfurecida labor.
Perón moriría en 1974 sin tiempo para intentar cumplir un mínimo de lo ofrecido. Su amantísima esposa María Martínez lo sucedió constitucionalmente en un país inequitativo y lleno de ideas de justicia con violencia a través de grupos contagiados por Cuba y el guevarismo. Necesitábase una estadista no una bailarina como la Sra. María para conducir el país y el desbande se dio. Cerca veían con mucho interés y quizá con abrumadora preocupación, los militares. Martínez consciente de esto y con la situación política y social que escaldaba, los tentó cuando sus enviados les ofrecieron puestos muy importantes en el gobierno. “Lo pensaremos” contestaron.
Para qué aceptar si podían tenerlo todo y en marzo de 1976, cincuenta años ya, una Junta Militar con representantes de Marina, Ejército y Fuerza Aérea acabaron con la copia de democracia. Y entonces se dio un terrorismo de Estado para con saña perseguir, torturar y eliminar opositores y a los que pensaban diferente, incluidos familiares sin ideas políticas. En breve aparecieron cadáveres mutilados y martirizados y las desapariciones, finalmente, fueron de decenas de miles; los más conservadores hablan de 10 000 pero organismos independientes amplían a 30 000.
En las generaciones posteriores, militares incluidos, hay la consigna: Nunca Jamás se repita esto. (O)






