Hay hechos que invitan a una reflexión serena, especialmente cuando ocurren en una empresa pública emblemática de la ciudad, una institución que forma parte de nuestra historia colectiva y que durante años ha cultivado la confianza y el sentido de pertenencia de miles de ciudadanos.
La confianza pública no surge de la noche a la mañana. Es el resultado de décadas de trabajo y de la convicción de que una institución pública actúa guiada por el interés general. Por ello, resulta lamentable observar prácticas que pueden interpretarse como estrategias de captación de clientes sin que toda la información relevante sea explicada con claridad y transparencia desde el inicio.
Mi preocupación se transformó en indignación cuando la discapacidad apareció dentro de estas dinámicas comerciales, no porque la discapacidad constituya un problema, sino porque jamás debería convertirse en un argumento mercantil ni en un mecanismo para atraer usuarios, –la discapacidad merece un tratamiento íntegro desde la perspectiva de los derechos humanos, la inclusión y el respeto a la dignidad de las personas-.
Los derechos de las personas con discapacidad no son herramientas de mercadeo. Mucho menos deberían utilizarse como parte de estrategias orientadas a incrementar ventas o captar clientes en un mercado cada vez más competitivo. Si esto ocurre, la inclusión deja de ser un principio para convertirse en un recurso comercial, y esa es una frontera que ninguna institución debería cruzar.
Quizá lo más preocupante es que no siempre resulta fácil identificar lo que ocurre detrás de determinados mensajes institucionales y son pocos quienes logran percibir las omisiones o estrategias que pueden ocultarse tras discursos cuidadosamente construidos; sin embargo, quienes sí alcanzamos a advertir estas situaciones tenemos una responsabilidad ética: señalar, cuestionar y promover la reflexión pública cuando están en juego la confianza ciudadana y el respeto a los derechos fundamentales.
Porque mientras algunos observan simples promociones, otros perciben un riesgo mayor: que la discapacidad sea utilizada de manera impropia para alcanzar objetivos comerciales o institucionales. Cuando esto sucede, la inclusión corre el riesgo de convertirse en una apariencia más que en un compromiso real.
REFLEXIONEMOS: La discapacidad no es un instrumento publicitario ni un argumento de ventas. Es una realidad humana que exige respeto, sensibilidad y coherencia. (O)





