Un prólogo indispensable. El fútbol nunca fue mi deporte favorito. Amé el montañismo, el básquetbol, el atletismo. En el mundial en curso he visto los partidos en los que jugó nuestra selección y pare de contar. Este párrafo lo creo necesario por respeto a familiares, amigos y, de manera especial, a los lectores de esta columna, en El Mercurio.
Les pido leer estos renglones alejados de aquellos esquemas mentales que los hemos ido adquiriendo hasta hacerlos nuestros. Los prejuicios (aquellos juicios que los emitimos sin tener los antecedentes necesarios para hacerlo) son nocivos, mal intencionados e injustos. Intento lanzar un par de juicios de valor en espera de sus acotaciones.
a.- La prensa deportiva nunca como ahora ha sido atrapada por los amos de la publicidad hasta crear un ambiente de afirmaciones sin fundamento con la finalidad de vender expectativas carentes de sólidos fundamentos.
b.- La televisión y las radiodifusoras estuvieron listas para no desperdiciar falsos entusiasmos y auspiciar proezas sin conocer lo suficientemente bien a sus protagonistas.
c.- ¿Fueron los medios engañados? No tengo elementos para responder a esta inquietud.
d.- El producto fue el esperado por los amos de los medios. Un pueblo crédulo y creyente en lo que se promocionaba, sin tiempo para analizar la bondad de aquello que se les vendía.
e.- Nunca como en esta ocasión fuimos presa de un endiosamiento de nuestra selección, de grupos decididos a enarbolar nuestro tricolor y manifestar sin tapujos que somos grandes, que somos invencibles.
A manera de colofón:
Confío en que luego de este paréntesis bochornoso las cabezas retornen a su sitio: que el sano juicio y el recto pensar sean nuestra insignia; que el entusiasmo no opaque el raciocinio; que la patria es algo más que un partido de fútbol; que nuestro tricolor nacional retorne a nuestros hogares para honrarlo todos los días. (O)




