Convertido en referente de la “nueva derecha”, Abelardo de la Espriella asumió ayer la presidencia de Colombia, prometiendo un gobierno de mano dura contra el crimen organizado en sus diferentes manifestaciones.
Esa política de enfrentar con todo el monopolio de la fuerza que tiene un Estado, ha sido una aliada para que la derecha, más allá de sus mutaciones, gane terreno en varios países iberoamericanos asolados por la violencia, y no una violencia cualquiera, sino una con capacidad económica invaluable, con astucia para cooptar autoridades, entre ellas las de la justicia; que cuenta con sofisticado armamento y se ha transnacionalizado.
El ascenso al poder de La Espriella significa también un cambio de timón en las relaciones entre Colombia y Ecuador, deterioradas al extremo durante el régimen de Gustavo Petro.
Las relaciones comerciales, con seguridad, tendrán un nuevo horizonte, nuevas estrategias para saldar las millonarias pérdidas económicas dejadas por la “guerra arancelaria”.
Si eso es lo que esperan los pueblos de los dos países hermanos, mucho más, muchísimo más, es lo que anhelan en el ámbito de la seguridad.
En este ámbito, es correcto que los gobiernos de los dos países “hablen el mismo idioma” ante el enemigo común, entendiéndose, además, que el nuevo presidente colombiano será parte del Escudo de las Américas, una coalición política y de seguridad impulsada por el régimen de Estados Unidos para combatir el narcotráfico y el crimen organizado transnacional, si bien criticada por otros sectores políticos autollamados “progresistas”.
El flamante presidente colombiano ha comprometido la venta de energía eléctrica al Ecuador, otra de las necesidades imperiosas ante la carencia casi perenne de este recurso.
Los países vecinos, como Ecuador y Colombia, que comparten su historia y objetivos, también los problemas, lo menos que pueden hacer es tenderse la mano mutuamente.



