Cuenca es una ciudad que ha sabido conservar su historia sin renunciar al progreso. Su Centro Histórico, sus barrios tradicionales y su calidad de vida la han convertido en un destino atractivo tanto para turistas como para personas que llegan desde otras ciudades o países buscando un lugar tranquilo para vivir. Sin embargo, detrás de esta transformación surge una pregunta cada vez más necesaria: ¿estamos viviendo un proceso de renovación urbana o una forma silenciosa de expulsión de quienes siempre han habitado estos espacios?
Es innegable que la inversión en vivienda, comercio y turismo ha traído beneficios. Muchos inmuebles patrimoniales han sido restaurados, han aparecido nuevos negocios y ciertas zonas lucen más dinámicas que hace algunos años. A primera vista, todo parece una señal positiva de crecimiento. El problema aparece cuando ese desarrollo comienza a encarecer el costo de vida de los residentes tradicionales.
La gentrificación no ocurre de un día para otro. Es un proceso gradual que muchas veces pasa desapercibido hasta que sus efectos son evidentes. No se trata de rechazar la inversión ni el desarrollo, sino de preguntarnos quiénes se benefician realmente de ellos. Una ciudad inclusiva no debería obligar a sus ciudadanos a marcharse para dar paso a otros con mayor capacidad económica.
Cuenca tiene el desafío de encontrar un equilibrio entre preservar su atractivo y garantizar que quienes han construido su identidad puedan seguir formando parte de ella. El verdadero progreso no consiste únicamente en embellecer las calles, sino en asegurar que la ciudad siga siendo un hogar para todos y no solo para quienes pueden pagar cada vez más por vivir en ella. (O)








