En esta contemporaneidad, estéticamente hablando, invadida de rayaduras, manchas, mundos extraños, caóticos y hasta cierto punto deprimentes, nos encontramos en la Galería de la Alcaldía, con unaexposición bellísima que nos refresca el alma. A nuestra respetuosa y neófita opinión, diríamos que, ni siquiera necesita de aquellas sofisticadas introducciones que buscan o mejor dicho que rebuscan expresiones, tratando de convencernos de que una muestra es una obra de arte. “La belleza salvará al mundo”, frase de Dostoievski que nos sugiere que la belleza es la encarnación del bien y la verdad quizá su forma más elevada. Surge cuando el ser humano actúa con empatía y amor desprendido, en oposición al hedonismo reinante. Se trata de mosaicos finamente elaborados con miles de teselas de vidrio en un juego perfecto entre color y luz, pero mucho más allá, seguro son resultado de una profunda meditación que aparece en la vida de quien tiene una relación permanente, constante y veraz con el Creador del universo. La experiencia que vivimos al mirar esta muestra se conjuga entre estética, espiritualidad, poesía y música, sin opción a evadir la profundidad de los temas abordados en cada cuadro. Es un canto de quien extasiado por la historia del hombre se remite a los personajes más notables de la fe judeo-cristiana, quizá en una respetuosa invitación a conocer sus historias tan trascendentes. Imposible dejar de imaginar los arpegios del claro de luna de Debussy en ese remanso en azul, o en la poesía de E. Dickinson y los misterios de la muerte y el alma. O, el lago de los cisnes en la bailarina. Si el trabajo del Sacerdote Artista, es fruto de una espiritualidad profunda, no deja de ser un júbilo por la existencia, un agradecimiento a Dios y a la vida. (O)








