Hace unos días terminé de leer Un caballero en Moscú, de Amor Towles. Más allá de la historia, me quedó dando vueltas la idea de que las circunstancias pueden cambiar radicalmente, pero todavía nos queda la libertad de decidir cómo habitarlas.
Vivimos esperando el escenario ideal para convertirnos en la persona que queremos ser. Cuando tenga más tiempo leeré. Cuando baje el estrés volveré a cocinar. Cuando termine este proyecto recuperaré el sentido del humor. Cuando las cosas mejoren seré más paciente, más amable, más generoso.
Como si las virtudes fueran un lujo reservado para los buenos tiempos.
Sin embargo, como plantea la novela, lo importante no consiste en vivir rodeados de belleza, sino en seguir encontrándola cuando las circunstancias dejan de ser favorables. No depende del tamaño de la casa, del cargo que ocupamos o de la comodidad de nuestra vida. Se manifiesta en la forma en que tratamos a los demás, en la curiosidad que conservamos, y, sobre todo, en el sentido del humor con el que atravesamos la adversidad.
No es una idea nueva. Los estoicos, y siglos más tarde Viktor Frankl, recordaban que hay una parte de nuestra libertad que ninguna circunstancia puede arrebatarnos, y es la capacidad de elegir nuestra actitud frente a lo que sucede.
Es fácil ser paciente cuando todo marcha bien. Lo difícil es seguir siendo amable cuando estamos cansados, curiosos cuando la rutina pesa o generosos en la escasez.
Y, sin embargo, ahí es donde se pone a prueba el carácter, en esos pequeños gestos cotidianos que casi nadie ve; escuchar con atención, hacer bien el trabajo y mantener el sentido del humor. Porque, al final, la vida no siempre nos permite elegir las circunstancias, pero casi siempre nos deja elegir cómo habitarlas. (O)
@ceciliaugalde








