Escribo estas líneas en medio de la conmoción universal que suscita el fútbol, cuando la incertidumbre gobierna los pronósticos y la gloria permanece aún suspendida en el territorio de lo posible. En estos días, en que millones de seres humanos sincronizan sus emociones al ritmo imprevisible de un balón, nuestra Selección nos ha conducido, una vez más, por el antiguo itinerario de la esperanza, la angustia y el desencanto. Nos ha sorprendido, nos ha ilusionado y nos ha decepcionado.
El fútbol, al igual que el amor, despierta grandes expectativas. Seduce con la ilusión de la plenitud, enfrenta a la fragilidad de expectativas y, cuando agotada la capacidad de creer, vuelve a despertar esa obstinada esperanza de la condición humana. Quizá por ello seguimos mirando, alentando y confiando: porque sabemos, aunque rara vez lo admitamos, que tanto el amor como el fútbol no pertenecen al reino de la razón.
En cierto modo, es una representación sentimental condensada de la vida. En él nadie tiene asegurada la victoria; el talento sin disciplina se desvanece; el fracaso puede transformarse en aprendizaje y la esperanza, aun herida, nunca desaparece del todo. Cada partido reproduce la tensión permanente entre el miedo y el coraje, entre la resignación y el deseo, entre la fugacidad del triunfo y la dignidad del esfuerzo.
Esta afición me acercó a periódicos, revistas como “Estadio” y a libros relacionados con este deporte como “El día en que el fútbol murió”, de Andrés Salcedo; “El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano; “El gol olímpico”, de Óscar Castro; “El fútbol a sol y sombra” de Eduardo Galeano; “El gol olímpico” de Óscar Castro; en poesía, “Elegía al guardameta”, de Miguel Hernández ; “Garrincha: el arte de las piernas tuertas”, de Vinicius de Moraes; en cuento, “Suicidio en la cancha”, de Horacio Quiroga.
Entre los autores ecuatorianos destaca “Una pelota, un sueño y diez centavos”, de Demetrio Aguilera Malta, cuyo protagonista, Juan Ángel, transforma su destino al marcar un gol decisivo. Entre los cuencanos “Lo mío es el fútbol”, de Vicente Vélez M.; “El fútbol es así”, de Felipe Aguilar A.; “Club Deportivo Cuenca”, de Carlos Santacruz Q. Todos con sendas dedicatorias que reposan en mis estantes junto a otros libros, de los cuales, con nostalgia, muchos los voy despidiéndo poco a poco.
He querido aprovechar esta circunstancia colectiva para recordar que el espectáculo, desde la antigüedad, ha constituido también una forma de administración de las emociones sociales. La célebre fórmula romana del “panem et circenses”, evocada por Juvenal, continúa interpelándonos. (O)





