Las alianzas políticas suelen reaparecer en el debate público cada vez que se acercan las elecciones. Sin embargo, el verdadero valor de una alianza no debería medirse por su capacidad para sumar votos o alcanzar cargos, sino por su capacidad para construir acuerdos duraderos en torno a una visión compartida de país. La política democrática necesita organizaciones con identidad, principios e ideas claras. Las diferencias ideológicas son naturales y enriquecen el debate público, pero también es cierto que los grandes desafíos de una sociedad exigen la capacidad de dialogar y encontrar puntos de coincidencia.
Una alianza sólida no nace de la simple conveniencia electoral; nace de la convicción de que existen objetivos comunes que justifican caminar juntos. Cuando las alianzas se limitan a ser mecanismos para participar en una elección, suelen agotarse el día después de los comicios. En cambio, cuando se sustentan en propuestas programáticas, metas de gobierno, compromisos con la ciudadanía y una visión de desarrollo, tienen mayores posibilidades de generar estabilidad y resultados concretos.
El país necesita menos acuerdos coyunturales y más consensos estratégicos. La ciudadanía espera que los actores políticos se unan para resolver problemas, no únicamente para competir por espacios de poder. La verdadera fortaleza de una alianza se demuestra en su capacidad para transformar coincidencias en políticas públicas y promesas en acciones. La democracia se fortalece cuando los proyectos colectivos están por encima de los intereses individuales y electorales. Las alianzas que nacen de la conveniencia suelen durar una campaña; las que nacen de las ideas tienen la capacidad de cambiar un país. (O)
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