El aguafiestas

Hace más de cuatro décadas aterricé en Cuenca sin más que unos cuantos pantalones y camisas, un chulla par de zapatos, unos pocos libritos, entre ellos Cien Años de Soledad, ganado en el colegio en un concurso de “Libro Leído”. Había sido donado por la Misión Odontológica, enviada a mi “llacta” por la dictadura de Rodríguez Lara. Eran tiempos en los cuales el dolor de muelas era cosa seria, como lo fue el paludismo.
También una que otra esperanza; una meta no bien trazada, pero que al andar se fue enderezando: estudiar, pero qué.
Cómo era Cuenca en aquellos tiempos. Olía a pan horneado en leña. Viajar en los buses de aquellas épocas era algo “fuera de serie”. Tantas linduras de una ciudad que enamora obsesivamente.
Bajar por El Vado, rumbo a la universidad, era un ritual medio poético, excepto si de pronto te encontraba el “Paco”, sorteable si “te caías con algo” o lo ignorabas.
¿Sobre las fiestas “novembrinas”? Eran civismo puro. Como que resucitaban los próceres de su independencia. Diversión sana. Paradas Militares, de verdad.
Que recuerde, nunca faltaba un presidente de la República a la Sesión Solemne del Concejo Cantonal. Ah, y qué calidad de Concejos que había. Para qué compararlos con los nauseabundos de estos últimos tiempos.

¿Y ahora?

Las casas solariegas, muestra de la más fina arquitectura, se derriban para dar paso a grandes edificios. En sus celdas habitan no más que dos; no más que dos, uno de ellos un perro. ¿Tanta plata circula en Cuenca?
Del centro, sus nativos, los que aún quedan, salen a la periferia, una periferia que crece como mancha de petróleo derramado.
Lo hacen empujados por lo invivible, porque se ha desbordado el “farrismo”, la alharaquera a pretexto de turismo. Mejor les resulta arrendar o vender sus casas.
La ciudad se ahoga en un tráfico vehicular atosigante, contaminante. La inseguridad también palpita en sus calles, plazas, parques, en los domicilios.
Aún es tiempo para controlar esa vorágine del mal. El problema es, ¿quiénes lo hacen, con quiénes más? ¿Cuándo?
Ojalá el romanticismo que genera oír que aún es una ciudad segura, acogedora, un oasis para vivir, no se evapore como los suspiros.
Ya se puede decir que Cuenca es otro polo al cual arriba la ola migratoria interna a causa de la violencia que acribilla al país. Como ocurre en toda diáspora, llegan de todo, se “arriman” donde sea, sobreviven como sea. Y se quedarán aquí con sus vicios y virtudes. Unos, pronto traerán sus “tricimotos”; otros, sus caletas, sus lavadoras de dinero.
¿Un aguafiestas? De pronto, sí; pero eso impide que no me sienta un agradecido con esta Cuenca hermosa. (O)

Lcdo. Jorge Durán

Lcdo. Jorge Durán

Periodista, especializado en Investigación exeditor general de Diario El Mercurio
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