Cuenca es bella, altiva e increíble. Pocas ciudades existen que tengan esa alma que atrae y conquista. Ninguna es cruzada por cuatro ríos, donde sus riveras y regatos bien cuidados y conservados, con camineras limpias, brindan un paraíso con boses propias de sauces llorones que se inclinan para tocar las cabezas de sorprendidos visitantes a manera de bendición y saludo.
Es coqueta y simple como el agua. Ríos mansos que, al acariciar las piedras, forman argentadas espumas y hondas cantarinas. Barrios enteros de valor y belleza en su arquitectura, conservada con rigor por conductas patrimoniales, que sus dueños entienden como únicas y maravillosas, además de las rigurosas pesquisas municipales que las mantienen para bien, de pie, conservadas y cuidadas. Sus hoteles, hostales y lugares de regocijo son variadas. Existen salones y restaurantes de muy exquisito refinamiento del mundo de la mesa y atención fina, como los hay también y en cada lugar o esquina, típicos antojos que vienen siendo tradición de décadas y ancestros, donde el abanico de gustos de los visitantes, los obliga a parar en su éxtasis de asombro y se deleitan parados o a duras penas en coquetas mesitas callejeras.
Los barrios residenciales, son fastuosos. Urbanizaciones de alto costo son muchas y regadas por arterias viales como la que junta, ya en una sola ciudad a Cuenca y Azogues. Mucho trajiné por el mundo y nunca vi, los aseguro, unas viviendas y entornos parecidos, ni de lejos.
En su fiesta se llenó de decenas de miles de turistas. Fue el polo uno de todo el Ecuador en visitas y turismo. Se lo merece y todos sonrientes se admiraban y juraban regresar por sus encantos en breve.
Mientras tanto la debacle. El fenómeno del niño cobra horrendos momentos en la vida de cientos de lugares y ciudades de la costa y Galápagos, donde sus pobres moradores tienen el agua a la cintura y enceres y autos flotan como hojas a la deriva. Destrucción infernal y llanto de pérdidas de vidas por el aguaje y el fin de sus enceres y viviendas, la mayoría humildes, que desaparecen en la correntada. Es tan grande el flagelo que no podemos echarle la culpa al gobierno en todo. Si bien falta limpieza de atarjeas y drenajes, es tan grande el oleaje y tan incontenible, que nada puede evitar las desgracias a su paso y debemos tomar en cuenta que estamos comenzando. La magnífica ayuda humanitaria que llega por toneladas de diferentes partes del estado y mundo, nos pide que agradezcamos y que ayudemos a nuestros paisanos que necesitan ahora un techo y un plato de arroz magro, con urgencia. (O)




