Siempre que algún problema se repite y se repite reaparecen quejas, reclamos y denuncias. Los ejemplos abundan.
Ahora que un avión no pudo decolar en el aeropuerto Mariscal Lamar, se vuelve a hablar de la necesidad de construir otro.
Cuando la construcción de la terminal terrestre en el sur de la ciudad está en pleno apogeo, no solo el vecindario, sino hasta los medios de comunicación, vuelven – ¿se acuerdan? – ha hablar de que cuando funcione se agravará el flujo vehicular en el sector, amén de otros problemas que asomarán.
Siempre que resurge el problema relacionado con el “embotellamiento” vehicular en el acceso sur a Cuenca, se retorna la mirada hacia el Ministerio de Infraestructura y Obras Públicas.
La solución, técnica, se supone, se pospone y se pospone. A ese Ministerio ya casi no le hacen mella los reclamos ciudadanos.
Ahora resulta que la solución, nadie sabe si ya estuvo diseñada, es muy cara, como diciendo, Cuenca no requiere de una inversión, si es cierta, tan alta, tan onerosa para el Estado.
En otras palabras, que debe contentarse con la obra que se construirá, si es que la construye. No sería de extrañar que cuando la ejecute, recién las “fuerzas vivas” señalen que no sirve de mucho, o para nada.
Días atrás, un nuevo intento de sicariato en la “zona de tolerancia”, que funciona en el barrio Cayambe, a pocas cuadras del Centro Histórico, removió la “urgente necesidad” de reubicarla.
En ese sector han ocurrido decenas de muertes violentas, riñas, robos, asaltos, microtráfico. Estos y otros problemas le hacen invivible, le han convertido en un “barrio rojo”.
De reubicarlo se habla desde hacía varias décadas. Aquél es un problema tan viejo como tan viejas resultan las quejas, no por ello merecedoras de que alguien decida “tomar al toro por los cuernos”.
Esos y otros problemas no pueden seguir a merced de la indecisión, de las quejas recurrentes cada vez que reaparecen.








