Hoy comienza el Mundial de Fútbol con la primera inauguración en México, dos más este viernes en Estados Unidos y Canadá, las tres sedes de la máxima cita de este deporte de masas.
Aquella no es la única “novedad” del torneo organizado por la multimillonaria y poderosa FIFA, en otros tiempos también salpicada por la corrupción.
Lo es también porque, como nunca antes, ni en los países totalitarios donde se lo organizó, se ha impedido el ingreso a Estados Unidos de un árbitro africano, considerado uno de los mejores del mundo.
Como si solo ese hecho no fuera deleznable, las autoridades norteamericanas de migración hasta se han “comedido” en señalar dónde deben entrenar las selecciones que disputarán sus partidos dentro de su territorio, amén de poner sus “ojos de águila” en todos los extranjeros que ingresen, revisándolos, si es posible hasta sus entrañas.
El fútbol también es parte de la lucha geopolítica mundial. Ahora se le utiliza para dar un mensaje sobre quién es el más poderoso, a tal punto que la FIFA ha cedido ante presiones hegemónicas, contaminadas de racismo, de anti migración.
Un Mundial también es un elemento distractor; un opio más para los pueblos en los cuales predomina este deporte. Alrededor de él cual giran incalculables millones de dólares, los jugadores son una especie de mercancía, y miles de niños y jóvenes sueñan con llegar a esos “altares”.
La Selección de Fútbol del Ecuador está a pocos días de su debut. Millones de ojos humanos están sobre el “once tricolor”.
Sobre ella se ha creado una expectativa sin igual, propia de la pasión futbolera; también sobre la realidad futbolística de sus jugadores, que se codean entre los mejores del mundo.
Que la TRI llegue tan lejos, hasta donde su capacidad, técnica y pundonor le permitan.
Ojalá que por una pelota de fútbol, los ecuatorianos no perdamos la capacidad crítica ni nos ceguemos ante la realidad social que vive el país.







