Gobiernos de derecha o de izquierda, o del centro, felicitaron por igual al presidente reelecto de Brasil, Lula da Silva.
El exlíder sindical y paradigma de la izquierda e Iberoamérica, obtuvo su cuarto mandato, esta vez venciendo al derechista Flávio Bolsonaro en una reñida elección.
Las elecciones generaron gran expectativa en el contexto internacional. Directa o indirectamente, mandatarios de otros países, según sus tendencias ideológicas, trataron de incidir en el ánimo de los votantes.
En estos tiempos, la mayoría de países iberoamericanos dio un giro político a la derecha, tras largos periodos de gobiernos izquierdistas, identificados con el “Socialismo del Siglo XXI”.
Si hubiera ganado Bolsonaro, considerado de extrema derecha, como se lo identifica al gobernante de Chile, José Antonio Kast, era evidente la hegemonía e influencia derechista, salvo México, Nicaragua, Cuba y Uruguay.
El nuevo triunfo de Lula pone un freno, en especial a la política exterior de Estados Unidos, empeñado en limitar la influencia que sobre América Latina ejercen otras potencias como China.
Es, además, el contrapeso del que muchos hablan, dada la gran incidencia que tiene Brasil en la región, junto con México, en especial en lo económico.
Lula, en su nuevo mandato, se enfrentará a un Congreso adverso si su intención es tener gobernabilidad sin contratiempos.
Las cuentas fiscales, casi que en rojo, tampoco le dejarán en paz. Solo la deuda pública supera el 80 % del PIB, amén las altas tasas de interés.
Se añade la inseguridad, la principal preocupación del pueblo brasileño y, por qué no, las decisiones que en el camino tome el gobierno de Estados Unidos, del que Lula es un acérrimo crítico, comenzando por el respeto a la soberanía de los pueblos, lo que a Donal Trump no le place.
Empero, un equilibrio ideológico en la región es bueno para evitar la hegemonía de cualquier potencia.











