Cuenca entra al cenit de sus fiestas al conmemorar, este 3 de noviembre, 206 años de independencia.
En los días previos, el pregón; luego el desfile estudiantil, y, a la par, la inauguración de ferias, el abanderamiento de la ciudad, el arribo de miles de turistas, ponen a la ciudad en aire festivo.
Es de esperar que las lluvias, bienvenidas porque permiten abrigar la esperanza de que no habrá los temidos apagones, no afecten la red vial que comunica a Cuenca con las provincias vecinas, desde las cuales salen muchos turistas con destino a la capital azuaya.
Si no es así, el ministerio de Infraestructura, y en cuanto les sea posible, los organismos seccionales de la región, debe garantizar la presencia del equipo caminero suficiente para limpiar de inmediato potenciales deslizamientos de tierra.
Entendemos que la Policía Nacional tomó todos los recaudos necesarios para garantizar la seguridad ciudadana; y tanto los habitantes de la urbe como los que la visitan tomarán los suyos para evitarse contratiempos.
Parte de la celebración es la diversión, la concurrencia a lugares de esparcimiento; por su puesto a las ferias, a degustar la gastronomía, que ahora ya es una especie de mosaico porque confluyen las provenientes de otras regiones, del extranjero inclusive.
Sobre todo, es para revivir el espíritu cívico, releer la historia, recordar a los próceres que lucharon por la independencia; darse, por qué no, un baño de conciencia para decir con qué estamos aportando a la ciudad para preservar su patrimonio, para empujar su desarrollo; para que siga siendo ese lugar único, del cual, si se parte, pronto se quiere volver a él; si se llega, se enseña y se queda para siempre.
Que todos festejemos a nuestra Cuenca con alegría, con civismo, sin excesos, sin contrapuntos, dejando, al menos por unos días, las agrias luchas políticas, que solo dividen, causan heridas y despiertan egos.







