Cuenca está literalmente incomunicada con sus provincias vecinas como consecuencia del invierno, cada día o cada semana más fuerte.
Viajar a Guayaquil por la vía Cuenca-Molleturo-El Empalme es exponerse al peligro. Abundan los derrumbes de toda magnitud, socavones y el cierre parcial o total de uno o de los dos carriles.
No pocos dirán que así ha estado esa vía durante años de años. Razón no les falta.
Los problemas afloran con cada invierno. No debe olvidarse que fue construida sin los estudios de impacto ambiental. En aquellos tiempos (década de los 90) la entidad que dio el crédito (la CAF) tampoco los exigía, so pena de no aprobarlo como ocurre ahora.
La orografía de las zonas por donde fue trazada tampoco es favorable. Para nada; de allí los constantes deslizamientos, unos más graves que otros.
Hay el proyecto de construir una nueva vía, cuyos pasos preliminares siguen el curso que amerita hasta cristalizar la promesa. De lo que se sabe, se presentaron dos alternativas; pero hasta allí nomás.
El invierno también hace de las suyas con la vía Cuenca-Girón-Pasaje. Derrumbes, socavones, escorrentías del agua-lluvia por su calzada, son el pan del día.
Van no menos de ocho meses que tramos en los cuales se retiró la carpeta asfáltica hecha añicos, no se ha vuelto a asfaltar.
Hacia Morona Santiago y Loja, las vías también están a merced del invierno, como lo han estado siempre.
Por estos lados de la patria ninguna vía ha sido concesionada. Pero ¿quién va a querer hacerse cargo de carreteras que, si no hay planificación, recursos, sobre todo, interés, para reconstruirlas en serio, haciendo nuevos trazos, seguirán constituyendo el mismo calvario vial del Austro?
Hay cuantiosas pérdidas económicas. Pierden los pasajeros, los choferes, el agricultor, el ganadero, el empresario turístico, y un largo etcétera.
Cuando menos que no falte maquinaria y el apoyo interinstitucional para el “auxilio” inmediato.









