La alta siniestralidad en la vía Cuenca-Azogues-Biblián debe ser enfrentada con rigor, con decisiones firmes, aunque tengan costos políticos, sobre todo, con que los choferes comiencen por amar sus vidas, las de sus acompañantes, las de los transeúntes por más desprevenidos que caminen o no hagan uso de los pasos elevados.
No hay semana en que no se sepa de choques, colisiones, vuelcos, atropellos, la mayoría con saldos trágicos: pérdida de vidas humanas, o personas que se quedan postradas para siempre.
Se hizo mal, cuando al comienzo a esa vía se la consideró como autopista; luego como vía rápida, dos conceptos que no tienen nada que ver con la realidad.
Con el paso de los años, la circulación vehicular aumenta de manera exponencial, no solo de automotores pequeños; también de buses de pasajeros interprovinciales, intercantonales; de tráileres, volquetes y motocicletas.
La expansión urbana hacia los sectores por los cuales cruza la vía es indetenible. Incluye comercios, gasolineras, negocios informales y hasta centros educativos.
Es momento de ver el error cometido al dejar inoperativos los radares instalados.
Si bien políticamente se quedó bien, aun a costa del sacrificio económico para la ciudad, el impacto de la decisión luce contraria. Lo dice la alta siniestralidad.
Los radares, vistos no como instrumentos de recaudación, peor con multas irracionales, instalados uno tras de otro y con límites de velocidad fuera de toda lógica, sino como elementos disuasivos, de prevención, son necesarios aquí y en cualquier parte del mundo civilizado.
Bien haría la administración con retomar su funcionamiento, recalibrándolos, dictando reglas claras; en suma, poniéndoles al servicio para impedir que la imprudencia en todas sus manifestaciones siga enlutando familias.
Al municipio le corresponde disuadir a los choferes que los radares son necesarios. Tarde o temprano le comprenderán. Creer que por sí solos enmendarán, es soñar despierto.









