Hay profesores de la escuela que nos marcaron la vida para siempre. No todos de igual manera, pero lo hicieron. Y por hacerlo son parte de nuestra memoria.
Esos Maestros viven entre nosotros así hayan muerto; o quien sabe dónde estarán.
Yo, como algo más de los 40 alumnos que fuimos en la escuela Fernando de Aragón, en Santa Isabel, siempre recordamos a quien fue nuestro Maestro en tercer, cuarto y parte del quinto grado: Néstor Tapia. De estatura mediana, prosudo, con peinado de bolerista mexicano, abnegado para enseñar; de hablar pausado pero firme, como firme para imponer disciplina, para que aprendamos a respetar, a cumplir los deberes. Así era él.
56 años después, aquellos tres años lectivos no se han perdido en el agujero sin fondo del tiempo.
En septiembre de un año ido ya, nos comunicó que le dieron el pase a Cuenca. Silencio total.
Si cuando al pasar al cuarto grado nos dijeron que el “Señor Tapia” será nuestro profesor, brincamos de alegría; igual cuando llegamos al quinto. Soñábamos con hacerlo al arribar al sexto.
Al despedirse nos abrazó a todos. Todos lloramos. Él, también.
Cada compañero lo recuerda por algo en particular. En mi caso, y no por presumir, a él le debo mi “vicio” por la lectura. Nos enseñaba el valor de la lectura comprensiva. A leer respetando los signos de puntuación; a hacerlo lo más rápido posible; en silencio, también. Nos sacaba de excursión; luego, a que redactáramos sobre lo visto y oído.
En cuarto grado, como solía hacerlo, nos leyó en voz alta un texto del libro escolar. Debíamos seguirlo leyendo en los nuestros. Al finalizar nos miró a todos. Saqué fuerzas y le dije. Señor Tapia tuvo dos faltas.
“Tienes vocación por las letras” me dijo una vez. No digerí qué quiso decirme. Y remató: “Lee todo lo que llegue a tus manos; así sea pedazos de periódicos viejos”.
Siempre que nos encontramos los excompañeros escueleros hablamos del “Señor Tapia”. ¿Por qué será?
Acaba de celebrarse el Día del Maestro. Desde este espacio, y tomando el nombre de sus exalumnos 70-71, le digo: “Gracias querido Maestro”.
Gracias también a los otros que completaron nuestra formación escolar: Luis Matute, Walter Tapia, Saúl Palacios, Rodrigo Palacios; a los que eran referentes: Sergio Valverde, Guillermo Cuesta, Abelardo Sarmiento, Amador Sarmiento, Roberto Alvarado…Varios de ellos se llevaron tiza y pizarrón al más allá.
Gracias también a ese otro Maestro en el colegio, Juan Parra Albarracín. El “matemático puro”. El que una vez, al decirle que detestaba el factoreo, me dijo: “En matemáticas como en literatura también se pierde el año”. El profesor prolijo, metódico. Al que le encantaba hablar del cosmos; y ahora, desde hace dos semanas, ya es parte de él. (O)










