Antes de iniciar con esta entrada, quiero expresar mi sentimiento de pesar a las familias de los fallecidos en el accidente de tránsito ocurrido hace pocos días en la zona de Molleturo. Un bus de la cooperativa San Luis perdió pista y terminó en medio de un río, incinerándose. Paz en su tumba.
Parece que es un tema de nunca acabar. Permanentemente estamos acostumbrados a mirar, con tristeza, cómo buses que van repletos de pasajeros se vuelcan o terminan cientos de metros debajo de los precipicios. No exagero, pero son miles de personas que han fallecido a consecuencia de accidentes de tránsito en las vías del país.
A ver. La normativa de tránsito es clara. Exige un conjunto de regulaciones a las operadoras para que sus unidades estén completamente operativas. Es más, si la memoria no me falla, los buses deben hacer dos veces al año la revisión técnica vehicular. Eso “garantizaría” su buen funcionamiento. Tampoco es que no se puedan siniestrar, porque lo que pasa en la vía no se puede prever.
En fin. Pero si hay tanta regulación para ofrecer servicios de transporte de calidad. ¿Por qué ocurren estos terribles acontecimientos? No soy experto en la materia, pero de acuerdo a los entendidos es por exceso de velocidad, impericia humana, alguna falla mecánica o los azares del destino. Esos casos en los que justo en ese momento cae una roca enorme de la montaña y provoca el siniestro.
Recuerdo además que hace años el gobierno colocó una especie de sensores inteligentes en los buses, que al exceder los límites de velocidad encendían luces y los pasajeros podían exigir al conductor que baje la velocidad. Era un proyecto interesante.
En fin. Esperemos que las investigaciones determinen las causas de este doloroso accidente y se tomen correctivos para evitar más pérdidas de vidas humanas en las vías. (O)





