Que el presidente Daniel Noboa haya entendido, si bien tarde, que la vicepresidente María José Pinto poco o nada tenía que hacer u ofrecer en el Ministerio de Salud Pública (MSP), resulta sintomático de que algo andaba mal.
También lo es su tardía reacción al prescindir de Inés Manzano al frente del Ministerio de Ambiente y Energía. Acumuló una serie de desaciertos, también de “mentirillas piadosas” al momento de explicar sobre los “apagones”, disfrazándoles de “desconexiones programadas”.
Es posible que Pinto jamás se haya sentido bien al encargársela el MSP. Sin un presupuesto a la altura de las exigencias ciudadanas, más bien recortado; sin un plan debidamente diseñado para comprar medicinas e insumos médicos; con mayor razón, como siempre se dice, infestado de mafias, ese ministerio es otro paciente más.
Abonaron para el fracaso –así se debe entender su gestión– sus actitudes desaprensivas, hasta cierto punto, pueriles, incompatibles con la realidad en la que, en materia de salud, sobreviven cientos de miles de familias ecuatorianas.
No pasó de ser también una ligereza del presidente al encargar el MSP por tanto tiempo, de no justipreciar su importancia, peor de desoír el reclamo popular y los llamados de atención de expertos en materia de salud pública.
Pero tampoco es que el sustituto reúne los requisitos legales para asumir el cargo, más el antecedente de haber sido removido de la dirección general del IESS.
En el caso de Manzano, dejará el ministerio cuando acechan los apagones; las redes de distribución de energía son una “bomba de tiempo”; resulta poco lo ejecutado para enfrentar la alta demanda de electricidad; la credibilidad en la palabra de la ministra es casi nula, y la producción petrolera sigue a la baja.
El gobierno debe entender que más allá de los cambios de personas, los problemas en ambos ministerios son estructurales.







