Cuenca no solo se levanta sobre planos, discursos o títulos profesionales. Se sostiene en las inteligencias invisibles, las de los obreros, históricamente subvaloradas frente a las profesiones tradicionales.
Cuando nos preguntan quiénes somos, respondemos: médicos, abogados, ingenieros, académicos, periodistas, políticos, etc. Pocas veces nos detenemos a pensar quiénes somos más allá de una profesión. ¿En qué momento dejamos que un título nos sujete por completo? Este cuestionamiento, aunque incómodo, es necesario.
Hay quienes nunca lo resuelven y, al final de sus días, descubren todo lo que no lograron vivir.
La reflexión cobra más fuerza tras observar la marcha del 1 de mayo, Día del Trabajador. Una movilización que, en teoría, nos representa a todos, pero que en la práctica está sostenida mayoritariamente por obreros, trabajadores de base y líderes de perfil bajo. Ellos y ellas, que no ocupan gerencias ni cargos envidiables, son quienes alzan la voz. ¿Por qué los demás no estamos? Quizá porque caminamos en dirección opuesta a la empatía.
Con un salario básico de 482 dólares, los obreros conocen en carne propia la dureza de la realidad laboral. La viven, la resisten y la certifican a diario. Rara vez escuchamos a un albañil, estuquero, ebanista, costurero, zapatero, plomero o gasfitero sacar pecho por su oficio. No porque no tengan de qué enorgullecerse, sino porque la historia nos dividió en dos categorías: quienes trabajan con la “fuerza bruta” y quienes lo hacen con la “inteligencia”; una división discriminatoria.
Admiro a quienes con la fuerza de su cuerpo, la destreza de sus manos y por salarios que asustan, sostienen el desarrollo de la ciudad. Pensemos por un momento en una Cuenca sin ellos, sin esas cuadrillas mágicas que en la madrugada arreglan calles; trabajan bajo el sol, la lluvia o el frío. Que hacen posible la cotidianidad que otros dan por sentada.
Si cumplen ocho horas diarias, sus cuarenta horas semanales, ¿por qué no acceden a una jubilación digna? ¿Por qué no tienen los mismos beneficios? ¿Por qué persiste esa brecha, incluso frente a quienes, con títulos a veces de dudosa procedencia, ocupan espacios donde el país se juega decisiones cruciales?
Ojo, la ciudad funciona gracias a la suma de inteligencias diversas: académica, técnica, manual y emocional.
Gracias, obreras y obreros porque sin ustedes, sin su trabajo, conocimiento práctico y su resistencia nuestras ciudades serían caóticas. Hay algo más que vale la pena aprender, su capacidad de encontrar alegría en lo simple. En un almuerzo a la hora correcta, en un “voly” compartido al final de la jornada, en la camaradería que no depende del cargo ni del salario. Eso también es inteligencia y saber vivir.
La dignidad no lo otorga un título; por eso, respetar el oficio de cada persona debería ser el punto de partida. Ustedes ¿qué opinan? (O)









