Bajo el sol, bajo la lluvia

Hay días en que la lluvia golpea el parabrisas con insistencia y otros en que el aire acondicionado se convierte en el mejor aliado frente al calor de la tarde. En cualquiera de los dos casos, la vida transcurre cómoda entre cuatro puertas, mientras los pensamientos acompañan el trayecto, a veces solos, a veces en compañía…. Ese recorrido cotidiano también en una pausa para reflexionar.

En esos instantes, el automóvil deja de ser un simple medio de transporte para transformarse en refugio: una pequeña burbuja de comodidad que nos separa, aunque sea por unos minutos, del mundo que continúa su marcha al otro lado del cristal.

Sin embargo, basta detenerse en un semáforo para descubrir que frente a esa ventana existe otra realidad.

Está el vendedor ambulante, que ofrece mucho más que un producto. Está el agente de tránsito, firme entre el ruido y las prisas. Está el obrero, cuyas manos levantan espacios donde otros construirán sus sueños. Está el guardia de seguridad, acompañando en silencio el paso de las horas. Están también quienes extienden sus manos en busca de ayuda.

Lo curioso es que los vemos todos los días y, precisamente por eso, dejamos de verlos. Se vuelven parte del paisaje cotidiano, una presencia constante que la costumbre termina por volver invisible. Sin embargo, quienes trabajan bajo el sol y bajo la lluvia forman parte esencial de una ciudad que funciona, aunque pocas veces nos detengamos a reconocerlo.

Detrás del uniforme, de la herramienta o del zapato desgastado no solo hay una labor; hay una historia. La historia de alguien que ama, sueña, siente y enfrenta las dificultades de la vida desde realidades que muchas veces son desiguales. Personas que también esperan el final de la jornada para volver a casa con la tranquilidad de haber cumplido.

Tal vez una ciudad no debería medirse únicamente por aquello que exhibe a la vista, sino también por su capacidad de reconocer la dignidad de quienes hacen posible la vida cotidiana. Porque mientras muchos avanzamos protegidos tras un cristal, hay quienes permanecen allí, enfrentando el clima, el cansancio, el hambre y la sed, pero, sobre todo, largas y desafiantes jornadas de trabajo para que todo continúe funcionando.

Por eso, quizá la próxima vez que un semáforo nos obligue a detenernos, valga la pena mirar más allá de nuestro propio destino. Al otro lado de la ventana no hay solo parte del paisaje: hay un rostro y una forma de vida que también merece ser vista. (O)

Mgtr. Vivianna Bernal

Mgtr. Vivianna Bernal

Servidora de carrera y profesional en temas de género, violencia y seguridad ciudadana. Realiza asesoría a través de su marca personal “Soy Violeta”.