Ellos son la deuda más grande. Nuestro punto ciego. Ese mundo ajeno y siniestro cuya historia de terror se remonta al lúgubre panóptico de Quito, concebido en la genial y retorcida mente de García Moreno como una tumba para enterrar en vida a sus opositores. O aquella cárcel siniestra que tuvo al mar como guardián: la colonia penal de las Islas Galápagos, donde Velasco Ibarra olvidaba a sus enemigos. Y, finalmente, la actual Penitenciaría del Litoral y las infames cárceles de máxima seguridad (Turi, La Roca y Latacunga): escuelas del crimen, abismos sin fondo.
Lugares inmundos y atiborrados, capaces de evocar el infierno de Dante, donde hierven y se apiñan los desterrados del sistema, las víctimas del naufragio. Cárceles para pobres, por supuesto. Allí no llegan los otros, los responsables del derrumbe de un banco o del saqueo de los dineros públicos. A estos la justicia les pide disculpas. Ellos tienen las llaves.
Y sí, son peligrosos. Provienen de realidades desgarradoras, marcadas por la miseria: víctimas de su rencor, sin otra válvula de escape que las drogas y el crimen organizado. Pero siguen siendo seres humanos. Jóvenes en su mayoría, que atraviesan un largo y oscuro túnel del que también somos responsables. Siguen siendo parte de una sociedad que nos cuestiona si hemos aprendido a mediar el abismo que separa el cruel encierro de la rehabilitación.
Y ahora, que nos hemos vuelto expertos en combatir la violencia con más violencia, cabe preguntarse: ¿estamos haciendo algo contra la violencia en período de incubación? ¿Con los niños expuestos a cerca de cuarenta escenas de violencia al día? ¿Con los miserables que, víctimas del desempleo, salen a ganarse el pan con una navaja?
Ironía de nuestro tiempo: la sociedad exige correctivos, mientras convierte la vida de un capo en modelo de éxito y promueve la misma violencia que después reporta en la crónica roja. Sociedad indefensa, donde los asustados pueden ser más peligrosos que su propio miedo. Un azote que ya no distingue estatus: en las barriadas marginadas, donde los pobres sufren la delincuencia de otros pobres, más pobres o más desesperados. Me pregunto: ¿Será que nos estamos volviendo inmunes al horror…? (O)
@andresugaldev










