Es bella, sin duda. Objetivamente hablando, quiero decir. Sus amplias avenidas por las que transita, veloz, el progreso. Los ríos que descienden de sus páramos, esos laberintos de niebla y garúa anteriores al Génesis. Las plazas, los balcones, los campanarios. Sí, es bella, sin duda. Y, sin embargo, mi fascinación va más allá. Algo de ella me absorbe, me invoca y se transmuta en mi sangre de cuencano que, en su esencia de mestizo, anida el espíritu soberbio del cóndor andino y el alma feroz del toro andaluz.
Por eso existe: Cuenca existe más allá de aquella que ven mis ojos, en los maternales brazos del recuerdo. Existe en la añoranza de haberla visto crecer y redibujarse mientras la voy mirando. Y no, ya no es aquella que recorría en bicicleta en mis primeros años, ni la que caminaba junto a los hermanos de la jorga durante mi anárquica juventud. Ya no. Ya no es la misma. Y no sé si ha cambiado la ciudad o si han cambiado estos ojos de alma vieja que la miran ahora. Pero no es la misma. Es diferente. Quizá más bella, sin duda, pero diferente.
La otra ya no existe. O bien existe solamente en medio de esta tristeza linda que llamamos nostalgia. Esa Cuenca, que aparece en mis escritos y mis recuerdos, tan viva en mi memoria, tal vez se parezca al Dublín de Joyce o al Buenos Aires de Cortázar o aun al Macondo de García Márquez: mucho más poblada de fantasía que de recuerdo.
Pero está allí, ante mis ojos, contrabandeada a la realidad, construida de balcones floridos, viejos aleros y retazos de historia. Lanzada a toda máquina en la conquista de la modernidad. Sacudida de ritmos andinos y rockeros; fría, sensual, violenta, literaria, bohemia. Perdida y encontrada en su sabrosa eternidad de palabras. Poblada de momentos detenidos. Concreta. Fantástica. Tangible. Irreal. Es mía; me pertenece como me pertenece mi memoria. Mi propia acuarela de recuerdos. Mi propio Macondo, mi propio rincón de eternidad… (O)
@andresugaldev








