Sin embargo, no es algo que deba sorprendernos. Había dos obstáculos: uno, que las condiciones estadounidenses e iraníes eran absolutamente antagónicas; y dos, que el liderazgo iraní está dividido. Aún si se hubiese llegado a un acuerdo, no había ninguna garantía de que la Guardia Revolucionaria (la maquinaria militar iraní que se opone a cualquier negociación) aceptara los arreglos surgidos de la cumbre en Islamabad.
Detrás de este fracaso hay más cosas interesantes. EE.UU. nunca dejó de movilizar tropas hacia el Medio Oriente. Trump y su gente sabían que esto no iba a funcionar y estaban ganando tiempo para armar su estrategia de ataque. Israel hizo lo propio preparándose para reiniciar los combates.
Hay un detalle que no debe pasar desapercibido: Vance, el vicepresidente de EE.UU. fue el que más reticencias tuvo para recurrir a una solución bélica. Incluso los iraníes especificaron que sólo estaban dispuestos a hablar con él. Regresó sin un buen resultado y eso lo pone en desventaja con Marco Rubio en la carrera por la sucesión. Rubio se apuntó un éxito en Venezuela y es cosa de tiempo para que se apunte otro igual de importante cuando caiga Cuba.
Luego del fracaso del diálogo y sin argumentos irrebatibles, los desestabilizadores y críticos de la guerra tendrán que dejar de insistir en que Irán quiere la paz. Es muy probable que continúen las investigaciones en su contra por recibir financiamiento desde Irán o fondos relacionados con Irán. Si se comprueba esto, podrían ser acusados de traición en tiempo de guerra. Un cargo gravísimo que podría incluso penarse con cadena perpetua.
Cuando en el campo de batalla se enfrenta a un régimen extremista y terrorista, no quedan muchas opciones. No olvidemos que para esta guerra Irán se preparó desde hace muchos años. Las cosas no sucedieron como lo deseaban. Sin embargo, los más fanáticos están dispuestos a inmolarse y destruir todo el mundo de ser posible. Pero no lo van a lograr. Mientras ellos dan un paso, los israelíes y estadounidenses dan tres.
Hasta cierto punto, el colapso de la URSS en 1991 evitó un enfrentamiento masivo de ese país con los EE.UU. Lo peor que podía pasar -una guerra nuclear- no se dio, pero las profundas tensiones económicas y políticas no se resolvieron. Se atenuaron. Luego de 35 años, estas volvieron a su punto crítico y están explotando en nuestras narices. (O)





