Sociedad del show

Decidimos sepultar la brújula financiera debajo del cemento de los estadios y las luces cegadoras de los escenarios. No se trata de un olvido involuntario, sino de una deserción deliberada del lenguaje de la escasez. En un análisis del comportamiento nacional de las búsquedas en internet, utilizando Google Trends como medio, podemos ver las huellas digitales del comportamiento colectivo que practica la apnea informativa frente a la economía para no ahogarse en la angustia. 

Las crisis, como expresión cotidiana de nuestra historia, se ha convertido normalizado hasta ser parte del paisaje y la hemos guardado tras una cortina de insoportable silencio como nuestro único refugio. 

Vivimos en una especie de voluntad de no saber, la suspensión voluntaria de la incredulidad, una renuncia a cranear el destino del bolsillo mientras el espectáculo se erige como la única moneda con poder adquisitivo real: la calma momentánea. 

Las cifras macroeconómicas se han vuelto fantasmas invisibles en el radar de nuestras preocupaciones mientras que la trivialidad del gol y la euforia del festival operan como analgésicos de una fatiga social que ya no admite más diagnósticos. Esta anestesia no es apatía, es una estrategia de supervivencia emocional en un entorno donde la incertidumbre es el aire que respiramos. 

Es como si el ruido nos propone la madriguera que la estabilidad nos niega, refugiándonos en una suerte de aislamiento voluntario y compartido que se dibuja en el rugido de la grada. El bolsillo permanece mudo porque el corazón está demasiado ocupado latiendo a ritmo de distracción dirigida. 

Nos convertimos en expertos en el arte del disimulo, donde la realidad solo tiene permiso de entrada si viene escoltada por un himno deportivo o una melodía de moda. La evasión se ha convertido en nuestra gramática cotidiana, un sistema de signos que nos permite caminar sobre el abismo sin la tentación de mirar hacia abajo. 

Este silencio es el rumor más estruendoso de nuestro tiempo, la confesión tácita de que ya no hay fuerzas para entender el naufragio, solo para flotar en la orilla del entretenimiento puro. Es el triunfo final de la distracción sobre el destino incierto que nos acecha cada día en este laberinto de evasiones constantes y miedo real. (O)

Econ. Tito Astudillo S.

Econ. Tito Astudillo S.

Economista y máster en Comunicación y Marketing Político. Docente e investigador universitario en la Universidad Católica de Cuenca. Consultor en estrategia y desarrollo organizacional y en comunicación política.