Varios lustros atrás, Cuenca fue “invadida” de peruanos. Fueron los tiempos horribles que vivía el vecino del sur.
Casi a la par se produjo la de los colombianos, por aquellos mismos motivos. Peores, quizás.
Luego la de los venezolanos cuyas caravanas asombraron al mundo. Todos saben las razones.
La violencia, la pobreza y la extrema pobreza empujan a la gente a emigrar de su patria. Llevan consigo alguna esperanza, una esperanza que sucumbe ni bien despertarse y darse cuenta de que son “ilegales”.
Similar fenómeno ocurre ahora en nuestro Ecuador, solo que a lo interno.
Según el presidente Daniel Noboa, en tres bandas criminales, de las 40 o más que operan en el país, hay alrededor de 80 mil delincuentes.
La mayoría de esas bandas está en la Costa, donde la pobreza atenaza a los marginados. Donde sus puertos de embarque son la puerta abierta para el narcotráfico; y por sus acantilados y ensenadas, cargamentos de droga esperan cruzar en lanchas el mar.
Donde el sicariato, las “vacunas”, el secuestro, y otros tantos “delitos menores” son el pan amargo de cada hora.
Y por eso la gente migra. Más claro, huye. Entre los que dejan sus lugares de origen o donde habitaban habrá de todo. Mezclados entre ellos, los malvados que huyen. Huyen al verse perseguidos por la ley, perseguidos entre ellos, menos por su conciencia, si la tienen.
Y sí, a la otrora aristocrática y mística Cuenca, donde la inseguridad era la excepción y por ello “se durmió en los laureles”, han llegado y siguen llegando centenares o miles de connacionales, los más de la Costa, atraídos por la “ciudad tranquila”. Quién sabe si también para ponerse a salvo.
Vienen con sus propias costumbres, con sus defectos también. Todos los tenemos. Con su vestimenta clásica. La mayoría porque no tendrá para más. Con su propio “estilo” para manejar vehículos; con sus modales para instalar negocios informales donde les parezca, como la venta de comidas, frutos, frescos, cebiches, caldo de manguera, la “bandera”, el encocado, los bollos. En fin.
¿Dónde están viviendo? ¿Dónde están hacinados? ¿Qué recelos despiertan, peor si son negros? ¿Será que pronto se les pegará el “cantadito morlaco”, aparezca el estilo
“mono-morlaco”; dejen de ser hinchas de Barcelona y se “conviertan” al Cuenquita?
Entre ellos se disputan las esquinas de los semáforos, las aceras, los parques, los espacios en la Feria Libre, en los buses. No son los de “guayabera”, ni los que hacen fila en la Chocolatera. Son esa inmensa “mancha humana” que se expande por Cuenca en busca de cobijo, de una oportunidad; o…
Sí, solo falta que traigan sus tricimotos. (O)


