Hasta no mucho tiempo atrás, Puerto Bolívar, provincia de El Oro, era uno de los destinos turísticos preferidos de azuayos, cañarenses y de otras provincias sureñas.
Jambelí, su isla, fue el atractivo más interesante; igual su gastronomía.
Cuesta creer que, en esa parroquia, las bandas del crimen organizado hayan estado germinando quién sabe desde cuándo.
Y, a lo mejor, las autoridades civiles, policiales, seccionales, lo sabían; igual el sector productivo, sobre todo los exportadores.
Lo cierto es que ahora es uno de los puertos más violentos del país. El turismo es casi nulo. Su muelle, su malecón, los restaurantes, son un recuerdo.
El operativo efectuado el pasado fin de semana como parte del toque de queda, en el que participaron cientos de militares, permitió intervenir y destruir casas apropiadas a la fuerza por los delincuentes. Varios fueron capturados.
Se descubrieron armas de grueso calibre, drogas, y más material para cometer asesinatos, secuestros, planear extorsiones y esconder estupefacientes.
Como parte de los videos que difunden los ministerios a cargo de la seguridad, uno resultó espeluznante, no tanto por las improvisadas viviendas hechas entre los manglares, con callejones ocultos para favorecer la huida, cuanto por la presunción de que entre las tantas chancheras que se muestran, los animales eran alimentados con restos humanos, concretamente de las víctimas.
Esto habrá causado estupor, indignación, entre los miles y miles que observaron el video.
Difundir ese tipo de presunción sin tener certezas, posiblemente para dar espectacularidad al operativo, no es lo correcto.
Por eso mismo urge investigar. De entre los cientos que se hacen, sobre aquella se torna imprescindible.
De ser cierto, sería la muestra más cruel de la barbarie humana en tiempos en los que el Ecuador es azotado por una ola criminal sin precedentes.
Pese a todo, Puerto Bolívar debe resurgir, comenzando por recuperar la paz.


