Me he preguntado con vivo interés: ¿qué piensa la sociedad iraní, el pueblo llano, sometido a la inhumana dictadura de los Ayatolás, de la guerra emprendida por los EEUU contra el régimen? ¿Acaso no consideran que es una magnífica oportunidad para sacudirse del yugo que, intermitente, lo rechazan con fuerza? Y la respuesta que he logrado recabar es esta: Ni la teocracia que los asfixia por dentro, ni las bombas que prometen liberarlos desde fuera les conviene. La sociedad civil de Irán se desenvuelve en una situación existencial de incertidumbre, sólo sabe que el precio más alto les toca pagar a ellos.
La sociedad civil iraní es dinámica, educada y anhela un cambio profundo. Sin embargo, este vibrante motor interno se encuentra hoy atrapado en una tétrica paradoja. Por un lado, el régimen dictatorial de los mulás (líderes religiosos chiítas) responde a la disidencia con una represión brutal: detenciones masivas, torturas y un alarmante repunte de ejecuciones judiciales destinadas a sembrar el terror. Por el otro, la escalada bélica emprendida por potencias extranjeras (EE.UU. e Israel) contra el régimen añade una amenaza existencial a su ya de por sí precaria cotidianidad.
Claro, desde el exterior, la narrativa de la presión militar suele presentarse de forma simplista como una oportunidad de liberación para un pueblo oprimido. Pero, en los vecindarios de las ciudades, sobre todo de Terán, Shiraz e Isfahán, la perspectiva es trágica. El pueblo llano no ve salvadores en los ejércitos extranjeros; ve el espejo de Irak, Libia o Siria. Existe un pavor generalizado a que el colapso forzado del Estado no traiga una democracia próspera, sino el caos, la fragmentación territorial y el auge de extremismos peores. Para la mayoría, el vacío de poder asusta más que la dictadura conocida.
Además, el sufrimiento material de la guerra es inmediato. Los bloqueos económicos y las campañas militares no discriminan entre la cúpula gobernante y el ciudadano común; destruyen los empleos, disparan los precios y siembran una profunda fatiga existencial. A esto se suma el histórico orgullo nacional persa, que rechaza la injerencia extranjera por puro instinto de soberanía. En definitiva, ellos saben y están conscientes de que ni los mulás ni las potencias occidentales están pensando en el bienestar de la gente. Como se ve, su verdadera tragedia no es solo la falta de libertad, sino la certeza de que, independientemente de quién gane esta guerra, ellos ya la están perdiendo. (O)


