Un ramo de rosas y flores blancas dejaron en el mesón de doña Anita sus compañeras vendedoras del mercado Doce de Abril. Conmocionadas por el cruel y violento asesinato de ella y su hija, Ana Lucía, encendieron velas y colocaron un listón negro como señal de luto. Su “puesto” permanece vacío. No importaba si comprabas mucho o poco, o por libras, platos, o solo yapingachos, dólar de tostado, manteca, la cabeza o la pierna del chancho, o el chicharrón siempre te convidaba un platito de mote con tortillas y un trozo de su delicioso hornado. Si te faltaba dinero, te fiaba. Todo yapaba. Nunca le vi sin su amable sonrisa, luego de atenderte, te despedía con un buen deseo para la semana. La ausencia de doña Anita –una de las fundadoras del mercado– ha dejado un doloroso vacío entre quienes compartían con ellas a diario, en sus clientes que saboreamos la sazón de su cocina, el barrio entero las extrañará. Con su asesinato suman ya veinticinco muertes violentas en Cuenca y el Azuay en 2026, cifra que muestra un ritmo de violencia mayor al registrado durante todo el año anterior; aunque estas cifras “son bajas” en comparación con otras ciudades del país, nos muestran que la presencia de bandas criminales entre nosotros tiene otra dinámica y, por tanto, estrategias distintas para prevenir las muertes violentas. Las flores en el mesón vacío no son solo un gesto de despedida, son también un llamado a que la ciudad no se acostumbre a la violencia. Recordar a doña Anita y a Ana Lucía es exigir que la vida comunitaria, la sonrisa y el plato compartido, tengan más peso que el miedo y la impunidad. (O)


