Lejos está de mí pretender ser analista político. Y, aun si tuviera los méritos y conocimientos para ejercer ese papel, probablemente lo haría con la misma prudencia con la que un sacerdote vive su celibato. Hoy, simplemente, impulsado por las circunstancias coyunturales, me atrevo a esbozar algunas reflexiones sobre aquello que, en mi juventud, cuando era un aficionado a la política, procuraba comprender para adherirme a la ideología que consideraba más pertinente para el país.
Entonces aprendí que la ideología se concebía como el «espíritu del tiempo»: un sistema de ideas que otorgaba coherencia a la sociedad y pretendía sintetizar el sentido colectivo. Cada corriente ideológica expresaba, de una u otra manera, los intereses de una clase social o de una clase dominante y se presentaba como la encarnación del buen sentido o, incluso, de la verdad misma, desarrollando para ello una sólida argumentación.
Conforme transcurrieron los años desde el retorno a la democracia y el país acudía una y otra vez a las urnas, aquellos principios fueron diluyéndose hasta convertirse en una verdadera «lavaza de camal», donde todo terminaba mezclado y confundido. Hoy apenas sobreviven como un recuerdo costumbrista, pues ya nadie parece comprender, y mucho menos representar, una determinada corriente ideológica.
El historiador Paul Johnson, intelectual de pensamiento conservador, apoyó primero a Margaret Thatcher y más tarde a quien parecía ser su antítesis ideológica, Tony Blair. Cuando un periodista le preguntó cómo podía respaldar a dos líderes aparentemente tan distintos, respondió: «Los partidos políticos son un invento del siglo XIX que no creo que tengan gran protagonismo durante el siglo XXI.»
Johnson explicaba que tanto el mundo como la política se habían vuelto demasiado complejos para ser comprendidos únicamente a través de las ideologías. Sostenía, además, que la rígida estructura de los partidos constituía un enorme obstáculo para la agilidad que demandaban las democracias modernas.
Y ese pensamiento no parece distante de la realidad ecuatoriana. Hoy observamos políticos de cantera que ayer fueron conservadores, hoy socialistas; ayer neoliberales, hoy comunistas; ayer retrógrados, hoy progresistas… Todos terminan compartiendo la misma mazmorra de la inconsecuencia.
Por ello, más que fijarnos en el color de una bandera o en el nombre de un partido, conviene examinar los antecedentes de cada candidato, su preparación, su honestidad, su conducta moral, su ética y, por qué no decirlo, hasta la coherencia de sus convicciones más profundas.
Quizá las ideologías no hayan muerto del todo. Lo que parece haber desaparecido es la fidelidad a los principios que alguna vez les dieron sentido. (O)









