En preocupante cuando el Estado, lejos de suministrar electricidad tanto para el sector productivo, cuanto, para la población, diga que aún no se debe hablar de estiaje, sino de la “existencia de anomalías en las precipitaciones”.
Los eufemismos abundan en el Ecuador. Desde dar a las instituciones públicas rimbombantes nombres, largos, además; ahora hasta para tratar de neutralizar los efectos climáticos.
Los caudales de las principales represas, sobre todo la de Mazar, comienzan a bajar, y de manera abrupta.
¿Cuáles son las “anomalías” de la naturaleza para que eso ocurra?
Simplemente no llueve en las cuencas hidrográficas, y punto. Dejó de hacerlo en estas últimas semanas, salvo uno que otro chubasco.
Si eso no significa que el estiaje en gran parte de la Sierra ha comenzado, ¿entonces qué?
Lo demás ya se conoce: menos caudales ingresan a las represas, menos generación hidroeléctrica.
Tampoco es un fenómeno meteorológico reciente. El estiaje, sea que se produzca unos meses antes o meses después del acostumbrado, ha sido y es inevitable.
El Estado ha tenido el tiempo suficiente para, mediante inversiones nacionales e internacionales o mixtas, “sembrar energía”.
Eso no ha ocurrido. Ahora la demanda es más, y cada mucho más. La instalada, sea térmica, eólica o hidroeléctrica, es insuficiente. En el primer caso, el alquiler de barcazas o contratos de motores no han estado exentos de incumplimientos y de corrupción.
El “salvavidas” que significaba comprar energía a Colombia depende de sus necesidades internas y de sus propias “anomalías en las precipitaciones”.
Exigir a la gran industria que genere su propia energía es señal de incertidumbre pero también de certezas, por ejemplo, de que pronto habrá escases de energía. Ojalá no sea así. Ojalá que llueva, pero de verdad.
El Gobierno se enfrenta a un potencial problemón, y en sus manos está ganarle la partida.






