Con su alcalde elegido en las urnas, suspendido por “violencia política de género” e investigado por presunciones de peculado; sin la presencia del presidente de la República; con un proceso electoral a las puertas para elegir al nuevo burgomaestre y a los concejales; con la inseguridad ciudadana rondando por todo lado; más los problemas, muchos de los cuales siguen ahondándose, como el tráfico vehicular, la informalidad y el crecimiento urbano sin mayor planificación, Cuenca conmemora hoy 206 años de su gesta libertaria.
Dicho marco, que tampoco está completo, no faltaba más para encuadrar un aniversario independista poco común para una ciudad patrimonial, tomada, ayer nomás, como referente del buen ejercicio de la política, de ética y de compromiso colectivo; igual, de urbe escogida por gente nacida en otros lares para habitarla.
Aunque la memoria es frágil, si bien los tiempos cambian para bien o para mal, nunca antes Cuenca conmemoró su fiesta cívica mayor en medio de semejantes avatares de la vida.
La ciudad, como casi todo el Ecuador, pasa por momentos políticos para nada auspiciosos; con su buen nombre opacado, a ratos tomado en vano, y asumida como pieza clave, sea por el gobierno para afianzar su proyecto, como por sus contradictores de verdad o por quienes aparentan serlo.
Pese a todo, su sector empresarial no ha dejado de producir, de invertir.
La pujanza y las iniciativas de los cuencanos son claves para que la ciudad gire y gire, no importa si es a 90, 180 o 360 grados.
Las remesas enviadas por quienes emigraron siguen siendo su principal sostén económico.
Los cuencanos, declarados fieles defensores de sus fuentes primarias de agua, los habitúes de la ciudad, querrán que tras la celebración de hoy vengan mejores días para Cuenca; que sus problemas, más que ser citados, merezcan soluciones reales; que recupere su rostro de ciudad emblemática y ejemplo para todo el Ecuador.





