Tal como anotara el querido profesor Carlos Pérez Agustí, en su discurso de homenaje por el día del Maestro en la Universidad del Azuay, nos hemos convertido en la “generación pulgarcito” al tener el dedo pulgar sobre la pantalla del celular, y mover hacia arriba y abajo buscando leer y releer los contenidos que se encuentran en este aparatito, algunos muy útiles, pero otros llenos de noticias falsas, agravios, y distorsiones.
El hecho de reconocer que el celular domina el mundo, como bien decía Fabián Corral, es entender la suplantación de la comunicación verbal, y la conversación de antaño cuando nos veíamos los rostros, vencida por reuniones de personas, enfrentadas a una pantalla con cabeza gacha, en medio de un silencio estremecedor.
Los afectados reales, los niños y adolescentes, chicos desde los 10 años en promedio han sometido a sus padres para manipular por largas horas cualesquiera de las plataformas, e inmiscuirse en un mundo de insomnios agresivos que libran una batalla en busca de una recompensa cerebral, con una alta dependencia lo cual crea un vicio crónico, elevados niveles de estrés y ansiedad.
Después de un año que el Ministerio de Educación con el Acuerdo Ministerial Nro. MINEDUC-2025-00015-A, basado en informes técnicos, revisión documental , y los resultados de encuestas aplicadas a más de 20 mil docentes, 13 mil estudiantes y 36 mil padres, madres y representantes legales, decidió restringir completamente el uso del celular hasta el décimo de básica, y permitir su uso con fines pedagógicos en los niveles del bachillerato, la preguntas son: ¿se ha reducido la exposición al ciberacoso y violencia digital en general? ¿se ha corregido el aislamiento, y ha mejorado el desarrollo emocional? ¿los niveles de rendimiento académico han mejorado? ¿las normativas de convivencia y disciplina se han fortalecido?
En las personas, mayores de edad, el comportamiento con el celular es crítico. Opinaban ejecutivos de varias empresas privadas y públicas, e instituciones gubernamentales, que la desconcentración para discutir temas de agendas planteadas, se desvían de su cauce por el efecto “pulgarcito”. Ocurre en los gabinetes presidenciales, en los foros internacionales, en los programas de opinión de la televisión. Se han tomado medidas para controlar estas prácticas: dejar celulares en casilleros, restringir las redes sociales, limitar su uso en reuniones. En los encuentros familiares es aun más crítico. Como decía un querido familiar, “ahora ya no se hace siesta, se aísla en el dormitorio, para actualizar los chats”
Le escuché a un reconocido personaje decir, que ahora a pocos meses de la contienda electoral, las personas con perfiles respetables meditan si es prudente exponerse para ser candidatos ante la opinión pública digital, y convertirse en el blanco de las críticas y difamaciones. Esto de estar en el ojo del huracán es para los políticos profesionales decía, aquellos que sienten una adrenalina extra, cuando tienen que defenderse del enemigo telemático. ¿usted querido lector qué opina? (O)





