Sendero hacia la luz

La borrasca política, económica y cultural que devora al país no es fruto del azar ni del destino: brota de la egolatría, la soberbia y la mentira. En ese foco de infección, tan evidente como ignorado, se libra la verdadera batalla contra la miseria humana. Este conflicto social exige elevar la condición humana hasta convertirla en punto de inflexión.

La raíz de ese conflicto yace en la conciencia del yo y en su afán de posesión: del rol, de la actividad, de los bienes e incluso del propio cuerpo. En ese aferrarse, la persona termina perdiendo aquello que pretende retener y sacrifica lo esencial: los valores universales que sostienen el sentido y la dignidad de la existencia.

Los líderes y gobernantes —sus acólitos y detractores—, así como quienes en cualquier ámbito detentan o ambicionan poder, suelen carecer de valores universales; esa carencia los enceguece y los conduce a emplear cualquier medio para alcanzar sus fines, aun a costa de perjudicar al otro y de sacrificar toda medida ética en favor de sus ambiciones.

Sobriedad, mesura y modestia hacen falta a todos, pero aún más a quienes detentan poder, no solo en el ámbito político, sino en cualquier esfera de la vida social. Nadie cede espacio a las ideas ajenas, y menos aún a conductas y acciones que les resultan opuestas, porque contrarían aquello que creen debe prevalecer. ¡He ahí el mayor error humano!

Toda virtud se funda en un doble reconocimiento: aceptar los principios naturales que no controlamos y abrirnos, con flexibilidad, a los principios de los otros, incluso cuando contradicen los propios. Este equilibrio resulta esencial en política, religión, cultura y toda forma de convivencia humana.

Si algo lo confirma es nuestra propia condición: nada de lo que poseemos es absoluto. El cuerpo, los bienes, las posiciones: todo es herencia y conquista pasajera. Y al término de la vida, nada material nos sigue; solo permanecen las huellas de cómo supimos usar aquello que recibimos y alcanzamos.

Reducir el culto al yo y a la propia razón es un primer acto de lucidez. Aceptar la contradicción con buen humor y relativizar las faltas y los dogmatismos ajenos es un ejercicio de madurez. No anhelemos una admiración desmedida: comprender al otro debe preceder al deseo de ser comprendidos.

Estas modestas líneas es una invitación a flexibilizar nuestras ideas, nuestras conductas y nuestras acciones, reconociendo también la razón que puedan tener los otros. Así, al fortalecer nuestra conciencia, podemos comulgar con puntos intermedios que se conviertan en senderos hacia la luz. (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.