Este 16 de abril de 2026, a las 18:58, se cumplen 10 años del terremoto del 16 de abril de 2016, cuyo epicentro se ubicó entre Pedernales y Cojimíes, en Manabí. Alcanzó una magnitud de 7,8 en la escala de Richter.
El Gobierno Nacional declaró el estado de excepción en seis provincias: Manabí, Esmeraldas, Guayas, Santo Domingo, Los Ríos y Santa Elena, donde quedaron zonas completamente destruidas.
Manabí registró la mayor devastación estructural y humana, y el cantón más afectado fue Pedernales, que quedó devastado, con cerca del 80 % de sus viviendas y edificios colapsados.
En Manta, en cambio, la “zona cero” fue el sector de Tarqui, donde colapsaron edificios comerciales y hoteleros. En Portoviejo hubo graves daños en el centro histórico y comercial, conocido como zona rosa.
Provincias
Por su cercanía al epicentro, Esmeraldas también sufrió daños críticos en infraestructura y servicios. Allí los cantones más afectados por este movimiento telúrico fueron Muisne, Chamanga y Esmeraldas (capital).
En Guayas, aunque más alejada del epicentro, la onda sísmica causó igualmente estragos. Los más afectados fueron los cantones Guayaquil, Daule y Samborondón.
En Santo Domingo de los Tsáchilas, las zonas más afectadas estuvieron en Santo Domingo (capital), la vía a Chone y Alluriquín, donde se reportaron graves daños en infraestructura vial.
Según informes finales de la Secretaría de Gestión de Riesgos y Emergencias (SGRE) y organismos internacionales, este terremoto dejó 671 personas fallecidas, incluyendo 23 ciudadanos extranjeros.
En principio se registraron 6.274 atenciones médicas directas en las primeras semanas, aunque estimaciones posteriores elevaron la cifra de afectados con lesiones a más de 17.000.
Aproximadamente 28.775 personas fueron ingresadas en albergues y 10 quedaron registradas formalmente como desaparecidas tras el cierre de las operaciones de búsqueda.
La reconstrucción se estimó entre 3.000 y 3.344 millones de dólares. Además, hubo más de 6.900 edificaciones destruidas y 2.740 afectadas. El sector público asumió el 67 % de las pérdidas y el privado el 33 %.
Testimonios
Rolando Ponce vive a cinco cuadras del área conocida como Tarqui, en Manta. Ahora tiene 43 años y, cuando ocurrió el terremoto, acababa de cumplir 33.
Ese día, su hermana María, de 23 años, salió junto con unas amigas a comprar snacks en un local del conocido Centro Comercial Felipe Navarrete, que se desplomó con el sismo.
«Yo estaba saliendo de la casa para ir a comprar unas metiendas cuando todo comenzó a moverse y vino como una nube de polvo; nos quedamos en tinieblas…», contó.
Recordó: «…no se veía nada y se escuchaba como algo se trizaba; eran solo gritos… Decían que corran, que se viene el mar, y a cada rato sonaban como explosiones».
Cuando regresó a la casa, su familia ya había salido porque una pared del patio trasero colapsó, al igual que parte del techo. Intentaron comunicarse con su hermana para saber dónde estaba, pero nunca respondió.
Más tarde se enteraron de que era una de las personas que quedó atrapada en el Centro Comercial Felipe Navarrete. Fueron horas y días de angustia hasta que lograron reconocerla y darle sepultura.
Los restos de la amiga de su hermana nunca fueron encontrados. «Eso es durísimo, pues solo se sabe que estuvo allí la chica, pero nunca más se supo de ella…».
Ahora, cuando pasa por esa zona, solo ve un terreno despejado y recuerda que allí funcionaban los hoteles Lun Fun y Las Rocas, y los hostales Arrecife y El Ancla, donde se hospedaban cientos de turistas.
Hoy, junto a otros familiares de fallecidos y desaparecidos, tienen previsto hacer una corta caminata cerca de la zona cero, donde además encenderán velas.
Desgracia
Carla Sánchez actualmente vive en Rocafuerte. Ella perdió a su cuñada Blanca y a su primo Carlos en el terremoto, debido a que una pared cayó sobre su vehículo en Bahía de Caráquez.
«Ese día ellos terminaron una reunión familiar donde compartieron toda la tarde e iban a la casa de otros familiares para recogerlos. Cuando pasaban cerca de un edificio, se cayó un muro y los sepultó…», indicó.
Acotó: «Lo más doloroso fue cuando comenzamos a ver la foto del carro destruido, que empezó a circular en todo el país y en las noticias. Son imágenes que no se nos quitan de la cabeza…».
Ella también perdió a su tío, que vivía en Manta, y a una prima que tenía un negocio en Canoa. Cada año, la familia se reúne para ir al cementerio y recordarlos.
La historia de Carla y Rolando es muy similar a la de Natalia Molina, quien perdió a su esposo y a sus dos hermanos, que trabajaban en un almacén en Pedernales cuando ocurrió el terremoto. Ella vive en San Vicente.
«A mis hermanos los pudimos reconocer luego de varios días, porque estaban irreconocibles: casi tres pisos de concreto les cayeron encima y, además, hubo un incendio…», relató.
Hace cuatro años viajó a Pedernales a una reunión de los familiares de las víctimas. Pasó por el lugar donde estaba la casa en la que murieron sus seres queridos.
«Todo está cambiado, pero hay como una especie de silencio, de tristeza. Hemos tratado de superar, de que el dolor vaya pasando y ahora llegue el entendimiento…»
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