En el cambalache de la política ocurre de todo, y todo cuanto ocurre como que ya resbala; como que ya nada es del otro mundo; o que nos haga falta.
Imposible olvidar a un candidato para alcalde de Cuenca que ofreció ampliar el tranvía hasta Azogues.
Lo financiaremos, aunque sea vendiendo aguacates, dijo sin siquiera sonrojarse al preguntarle cómo y con qué lo haría.
En estos días, un correcaminos que gobernó está ínsula llamada Ecuador asomó en Cuenca para prometer que su candidato a la alcaldía terminará la construcción de la Catedral La Inmaculada o Catedral Nueva.
“Jesús, Jesús”, decían las abuelas de antaño cuando oían pendejadas, por más piadosas que sean.
No sé si alguien reparó en la cara que puso el candidato al escuchar tan macondiana oferta. Su rostro se desencajó. Como que dijo: “Bruto, ya me hiciste la grande”. Pobre él; él que todo el tiempo hizo todo para graduarse de denunciólogo con miras a empernarse en el sillón alcaldicio.
Solo falta que otros con similares sueños ofrezcan completar la “construcción” del Puente Roto, desviar el curso del Yanuncay, asfaltar la ruta de ingreso de los aviones al Mariscal La Mar, municipalizar el agua de pítimas u organizar torneos de clavados en las lagunas de oxigenación.
Por qué no también, convertir en embudos las calles de la ciudad achicando los anchos de vía, con tal de ver florecer edificios de toda altura, que en estos tiempos de lavado nacen como hongos donde antes eran viviendas solariegas, como queriendo convertir a Cuenca en una Manhattan Beach en miniatura.
Pronto veremos similares o peores promesas de los aspirantes a suceder al alcalde que se dejó subrogar o de la alcaldesa que no querrá desubrogarse.
Unos querrán “fondalizar” la campaña. Otros mostrar sus etiquetas, asimismo de denunciólogos, de haber sido “ex”, de renunciar a una teta para aspirar a otra, como si todo esto fuera suficiente para ponerse al hombro una ciudad urgida de un líder con musculatura intelectual, de visión, que sume en vez de dividir, que no piense desde ya en la reelección, que diga cuál es su proyecto de ciudad, de esta “ciudad mercado”, donde el patrimonio se va al diablo, donde el tráfico vehicular es un batidero de ruedas, y su comunicación con las ciudades vecinas “fluye” por chaquiñanes.
Toca, otra vez, escoger al menos malo. Otros dirán que no hay de dónde escoger; que ni haciendo un injerto con tres o cuatro de ellos, o entre todos, saldría uno “medio, medio”.
Y todos esos ocho son producto de transfusiones sanguinolentas, hechas para aliarse por encima del bien y del mal; para alabar a Dios y al diablo por igual. (O)









